sábado, octubre 25, 2014

QUÉ ES UN ÁRBOL


Capítulo 4 del texto titulado "Andando por las ramas - Nuestra llavería con los árboles", escrito en 2005

Nosotros podemos, de manera teórica, representarnos un árbol como un ente individual, aislado del entorno al cual pertenece, tal y como aparecen dibujados a veces para ilustrar la letra A en las cartillas iniciales de lectura. (Al igual que podemos imaginarnos a un hombre o a una mujer, también aislados de su entorno, ilustrando las letras H y M respectivamente).  Pero en la realidad el árbol resulta inseparable de su ecosistema e inconcebible por fuera de las relaciones que lo vinculan a los demás seres que comparten con él ese ecosistema.

Un árbol es mucho más que un tronco con raíces y ramas:

     El árbol es la luz que lo nutre: Por medio de la fotosíntesis, el árbol convierte la luz solar en biomasa, es decir, en materia vegetal. Bien podríamos definir al árbol como energía solar encerrada en una estructura de carbono y agua. La luz es tan parte del árbol, como lo es de las mariposas y los colibríes, cuyas texturas tornasoladas –como su nombre lo indica- se derivan de una simbiosis estética con el Sol.



·    El árbol es los insectos, las aves y los murciélagos que lo habitan y lo polinizan: Nuestras células reproductoras se transportan por medio del líquido seminal, que sin lugar a dudas forma parte de nuestro propio organismo, de nosotros mismos. Las células reproductoras de los árboles se transportan a través de una simbiosis o relación de mutua ayuda entre los árboles y los insectos, las aves y los murciélagos que les sirven de polinizadores y que podemos considerar partes del árbol, dentro de una concepción ampliada del mismo (en la misma línea en que sabemos que cada uno de nosotros es eso: nosotros y el universo que nos rodea). Podríamos considerar a los polinizadores como agentes del árbol, como prolongaciones en el espacio y en el tiempo de su vitalidad. En esa misma línea, podemos afirmar también que el árbol es el viento que lo mece y que transporta sus semillas anemócoras a lugares lejanos.


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    El árbol es la vida vegetal y los microorganismos que alberga: Al igual que nosotros, hombres y mujeres de la especie humana, somos la microflora y la microfauna que habita nuestras vísceras y que es responsable en gran medida de nuestra salud, y que somos la cantidad enorme de microorganismos que habitan nuestra piel (ver nota), así el árbol es toda esa enorme cantidad de vida epífita que vive sobre sus ramas y su tronco, y los insectos y microorganismos que habitan bajo su corteza, o asociados a su raíz, o en sus flores y frutos. Pero además, el árbol es la enorme cantidad de interacciones que se presentan entre esas especies. Como se sabe, en el Amazonas colombiano existen árboles que sirven de hábitat a más especies vegetales que las que poseen en todo su territorio varios países de latitudes templadas. Esa franja privilegiada para la vida en la Tierra que es el trópico húmedo (o más exactamente la llamada zona ecuatorial o intertropical), permite que allí existan árboles que constituyen verdaderos fractales de esa biosfera de la cual forman parte. 

 
    

   El Árbol es el agua que recoge: Bien sabemos que el agua constituye el ingrediente principal de la vida, lo cual incluye a la vida vegetal. El agua es, junto con el gas carbónico, uno de los dos “hilos” con los cuales las plantas, en la fotosíntesis, tejen esa “mochila” en donde encierran la luz solar. “Mochilas” que, una vez cargadas de energía del Sol, reciben el nombre de hidratos de carbono, tales como la celulosa, el azúcar y el almidón.


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   El Árbol es el agua que transpira: A través de las plantas, mediante el proceso conocido como transpiración, los árboles envían agua a la atmósfera terrestre, lo cual determina que los árboles sean uno de los factores decisivos para la humedad de un lugar (y que en una u otra forma contribuyan también a definir el nivel freático o profundidad de agua subterránea en ese lugar).


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  El Árbol es el suelo que lo sostiene y que ayuda a sostener: Nos encontramos aquí ante lo que podríamos denominar una simbiosis mecánica entre el suelo que le sirve al árbol de soporte (tanto en términos físicos como biológicos, pues el suelo, más que un mero piso es, entre otras cosas, la base de su nutrición) y el árbol que, con sus raíces, amarra ese mismo suelo y contribuye a mantenerlo en su lugar. Entre otros servicios que el árbol le presta al suelo, está también el de protegerlo con su follaje de la erosión. Entre los servicios que el suelo le presta al árbol, está la función que cumplen las micorrizas o “redes de hongos”, en la producción de las condiciones que garantizan su regeneración, al igual que el papel de los microorganismos en la descomposición de la materia orgánica “marchita” que se deposita sobre el suelo, gran parte de la cual proviene de los árboles.


·    El Árbol es la sombra que produce: Es posible que solamente apreciemos el valor de la sombra en toda su magnitud, cuando en un día de intenso Sol, encontramos protección contra la luz cegadora y contra el calor bajo las ramas de los árboles. Existen en Colombia ciudades privilegiadas, como Gigante en el Huila y Santander de Quilichao en el Cauca,  en cuyos parques existen árboles centenarios que los cubren como un gran paraguas, para no citar al famoso ciprés “Alhuehuete” o árbol de El Tule en Oaxaca, México (Taxodium mucronatum según Tenore y T. disctichum según Humboldt y Bonpland), uno de los seres vivos más longevos (400 años) y de mayor tamaño que habitan este planeta, y cuya copa posee una extensión cercana a los 45 metros de diámetro y cuyo tronco posee un perímetro aproximado de 34.25 metros a cordel tirante (para una sección aproximada de 59.50 metros cuadrados de área)[1]. Los cafeteros “tradicionales” colombianos, entre otros agricultores, saben también el valor del sombrío para la producción.


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El árbol es las “malezas” que lo rodean: No sólo las plantas epifitas que viven sobre los árboles, o los animales de distintas especies que allí tienen su hábitat, constituyen parte del árbol. Dentro de esa “concepción ampliada” a que hicimos referencia en párrafos anteriores, también las especies que a veces –debido a nuestra ignorancia sobre su verdadera utilidad- reciben el calificativo de “malezas”, forman parte de la vida del árbol. En muchas de esas “malezas” anidan o se alimentan las especies que hacen el papel de polinizadoras de los árboles, o bajo los arbustos y matorrales las semillas encuentran las condiciones de humedad, temperatura y luminosidad necesarias para germinar (o los hongos y demás especies que a veces se requieren para “disparar” la germinación). Es también, bajo las hojas secas o en descomposición, rodeadas generalmente de “malezas” que facilitan esa descomposición, en donde el suelo se encarga de invertir la dirección de la flecha del tiempo y de convertir la muerte en ingrediente de la vida.

El árbol, nosotros y la telaraña de la vida en la Tierra

  
El siguiente párrafo de Carl Sagan en su libro “Cosmos”, resume la relación existente entre los árboles y nosotros, como partes complementarias e interdependientes que somos, de una misma telaraña de vida en la Tierra:

“Los hombres crecieron en los bosques y nosotros les tenemos una afinidad natural. ¡Qué hermoso es un árbol que se esfuerza por alcanzar el cielo! Sus hojas recogen la luz solar para fotosintetizarla, y así los árboles compiten dejando en la sombra a sus vecinos. Si buscamos bien veremos a menudo dos árboles que se empujan y se echan a un lado con una gracia lánguida. Los árboles son máquinas grandes y bellas, accionadas por la luz solar, que toman agua del suelo y dióxido de carbono del aire y convierten estos materiales en alimento para uso suyo y nuestro. La planta utiliza los hidratos de carbono que fabrica como fuente de energía para llevar a cabo sus asuntos vegetales. Y nosotros, los animales, que somos en definitiva parásitos de las plantas, robamos sus hidratos de carbono para poder llevar a cabo nuestros asuntos. Al comer las plantas combinamos los hidratos de carbono con el oxígeno que tenemos disuelto en nuestra sangre por nuestra propensión a respirar el aire, y de este modo extraemos la energía que nos permite vivir. En este proceso exhalamos dióxido de carbono que luego las plantas reciclan para fabricar más hidratos de carbono. ¡Qué sistema tan maravillosamente operativo! Plantas y animales que inhalan mutuamente las exhalaciones de los demás, una especie de resucitación mutua a escala planetaria, boca a estoma, impulsada por una estrella a 150 millones de kilómetros de distancia.”
  


No vamos a pretender ser exhaustivos en el análisis de las múltiples interacciones existentes entre los árboles y los demás seres que conforman la biosfera y que participamos de esa única telaraña que le otorga a nuestro planeta su condición de organismo vivo. Queremos sí, a manera de ejemplo, mencionar como un indicio de “unidad” entre todos los seres vivos, y particularmente entre nosotros y las plantas, el hecho de que existan en estas últimas, lo que los científicos denominan “principios activos” y los sabedores tradicionales llaman “poderes”, capaces de actuar sobre nuestro organismo y de curar nuestras enfermedades (o de estimular a nuestros organismos para que ellos mismos se curen) o, como hacen los enteógenos (esas plantas capaces de “despertar a Dios” o “que tienen a Dios adentro”), capaces de abrir la mente humana hacia dimensiones no convencionales. ¿Cómo podría eso ser posible, si no existiera un parentesco estrecho entre todos los seres vivos, sin importar inclusive que unos pertenezcan a un “reino” y otros a otro?
Continuará...

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1 comentario:

Pilar Alberdi dijo...

Preciosa reflexión.