sábado, noviembre 01, 2014

LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES (Presentación a la edición colombiana)


En 2006 Santiago Mutis me hizo el honor de invitarme a escribir esta Presentación para la edición de "La inteligencia de las flores" que en ese momento estaban preparando la Fundación Domingo Atrasado y el Taller de Edición Rocca. Esa edición del libro se publicó en Bogotá en Diciembre 2007


“PROEMIO DE LOS EDITORES”

LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES” es un libro pagano, en el mejor y más profundo y vital sentido de esa palabra, cuya etimología, del latín: pagus, quiere decir “campo”.  

Esta, al igual que otras de las obras de Mauricio Maeterlink (1862-1949), un abogado belga que dejó de lado la profesión para dedicarse a la escritura, bien puede considerarse uno de los libros sagrados de ese nuevo paganismo panteísta que identifica a Dios con la Naturaleza, y que considera la inteligencia humana como una de las múltiples expresiones de una inteligencia difusa que también se expresa en otros seres y en otros procesos.


Y sí: la obra es “moralista”, como afirman algunos de sus estudiosos, por cuanto propone implícita y explícitamente una posición ética –incita a asumir un compromiso ético- frente al fenómeno de la Vida, del cual también los seres humanos somos parte. Posiblemente no haya sido accidental que este libro se hubiera publicado por primera vez en inglés con el título “Life and Flowers” (“La Vida y las Flores”) que, en mi concepto, describe mejor que el original las pretensiones y los alcances del texto.

Hoy diríamos que ese nuevo paganismo es “deep ecology”: “ecología profunda” que precisamente busca la comprensión de la esencia de los procesos del cosmos y nuestra identificación con esos procesos, de lo cual se deriva necesariamente una ética de reverencia práctica hacia la vida en todas sus escalas, manifestaciones y formas.

No en vano los críticos definen la obra de Maeterlinck como una fusión de misticismo y simbolismo, en la cual “describe objetos inanimados, bosques, cuerpos de agua, cavernas, castillos o piedras preciosas, pero de las cosas vivas ve fundamentalmente el alma, mientras los cuerpos se convierten en realidades nebulosas” que de alguna manera constituyen condensaciones –diría yo- de lo que este autor denomina “lógica de la vida”.

Las comillas anteriores corresponden a un extenso ensayo del inglés Edward Thomas (publicado en Londres en 1911, cuatro años después de que apareció "L’Intelligence des Fleurs" y tres antes de que Montaner y Simón publicaran en Barcelona la edición que hoy tengo en mis manos, que me regaló mi abuelo cuando yo debía tener quince años, de la que tomo prestado el título de esta nota introductoria), ensayo en el que afirma el autor que el objetivo de Maeterlinck es “reconciliar la Ciencia con la Poesía, una reconciliación que durante muchos años hemos discutido, avizorado, cuestionado y deseado”.



Dice también Thomas que “Maeterlinck es el primer ‘místico’ en aparecer en la era de la ciencia; y de verdad que es el más importante en la medida en que verdaderamente pertenece a esa era.”

Quizás uno de los más contundentes ejemplos contemporáneos que tenemos a mano, de esa expresión poética y mística del conocimiento científico, es el “Cántico Cósmico” de Ernesto Cardenal, que extiende su exploración de esa misma “Inteligencia Natural”, de ese “Genio Universal” (“el nombre poco importa” dice Maeterlinck) hasta los mundos de los quarks y las remotas galaxias, aunque sin descuidar la escala macro que compartimos los humanos con los élitros de las libélulas y con las flores.

Lo cierto es que Maeterlinck describe, en un lenguaje deliberadamente poético, una cantidad enorme de conceptos y procesos que las ciencias naturales conocen y también explican con sus propias palabras. Si los ortodoxos se molestan por la antropización de esos conceptos, que nos acepten por lo menos que la poética de Maeterlinck está compuesta por metáforas afortunadas y funcionales, que nos permiten a los legos entender y aprehender los fundamentos de esa “mecánica floral que funciona desde hace millares de años”, e identificarnos vitalmente con ella.


Más aún: nos permiten hacerlo sensorial y, si se quiere, sensualmente, logro que rara vez alcanza la fría y distante “objetividad” de las especializaciones y de los lenguajes científicos. A través de esas metáforas sentimos que nosotros también somos expresiones tangibles de los procesos de la vida.

Así como, con una buena dosis de sarcasmo hacia la ignorancia de la Naturaleza que ostentamos los seres urbanos, afirma Maeterlinck que “no hay nadie, por poco rústico que sea, que no conozca la buena Salvia”, así mismo podemos afirmar que no hay nadie, “por poco rústico que sea”, que no resulte tocado y atraído por esas metáforas, y que no perciba -aunque sea- una mínima resonancia con la inteligencia de las flores.


Por ejemplo, a las que en un texto de biología aparecerían como “estrategias adaptativas”, las llama “las razones de la planta” o “invenciones curiosas del genio de la flor”; o para referirse al concepto de “coevolución” que denota la evolución conjunta entre los seres vivos y su entorno (y en este caso particular entre los insectos y las plantas, esos “seres nerviosos”), tras explicar la morfología de una orquídea, afirma Maeterlinck que se trata de "una flor que conoce y explota las pasiones de los insectos”.

Y agrega: “No es posible pretender que todo esto no son más que interpretaciones más o menos románticas; no, los hechos son de observación precisa y científica, y es imposible explicar de otra manera la utilidad y la disposición de los distintos órganos de la flor. (…) Las flores precedieron a los insectos en la tierra; por consiguiente, cuando aparecieron éstos, aquellas tuvieron que adaptar a las costumbres de esos colaboradores imprevistos toda una maquinaria nueva.”


Ese paganismo panteista, que a su vez es también un profundo humanismo, está presente o subyace en muchísimos socialistas utópicos como Robert Owen, Charles Fourier y Pierre Leroux,  al que algunos biógrafos presentan como “anarquista cristiano”, mientras otros afirman que “expuso su teoría de un deísmo nacional para reemplazar a las religiones cristianas”.

Maeterlinck encarna ese humanismo cuando afirma que el hombre es “el ser por quien pasan y en quien se manifiestan más intensamente las grandes voluntades, los grandes deseos del Universo”. Y Leroux lo extiende a la búsqueda de “soluciones prácticas” para problemas que si bien ya se avizoraban en el siglo XIX, en el XXI han alcanzado una gravedad más que dramática. Decía Leroux, por ejemplo, que “el hombre está en posición de satisfacer sus necesidades cuando hace sus necesidades  (…) porque es imposible pensar que Dios haya podido crear un ser que no fuese en absoluto reproductor de su subsistencia por el efecto útil de sus secreciones para otros seres.”

Claro: ni Leroux ni Maeterlinck hablan de “dioses inaccesibles, sino de voluntades veladas y fraternales.” Si hubieran hablado “colombiano”, para ellos, Yahvé habría sido “yavería”.


En momentos como el actual, cuando las dinámicas de la Tierra hacen cada día más evidente el efecto de las decisiones políticas sobre procesos como el clima, y más específicamente como el calentamiento global (cuyo análisis hubiera pertenecido antes de manera exclusiva a las ciencias naturales), y cuando los estudios científicos y los avances tecnológicos tienen cada día más implicaciones políticas, casi que se vuelve obligatorio volver al pensamiento de contemporáneos de Maeterlinck como el geógrafo francés Eliseo Reclus (1830-1905) o como el también geógrafo Príncipe Kropotkin (1842–1921) o, más atrás, como el barón Alexander von Humboldt (1769–1859), para quienes simplemente resultaba inconcebible separar la naturaleza de los seres humanos que formamos parte de ella.

“La geografía como metáfora de la libertad”, el título de una recopilación de escritos de Reclus publicado a finales de la década pasada [1], resume de manera perfecta la esencia de ese pensamiento que también se reconoce a sí mismo como “geografía radical” o “geografía anarquista”. ¡Cómo hubieran gozado con Google Earth estos geógrafos libertarios del siglo XIX!


La excelente iniciativa de Santiago Mutis de incluir “LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES” en la colección “Señal que Cabalgamos”, me exonera de la tentación de transcribir más apartes de esta obra, en cada una de cuyas páginas, en palabras de Edward Thomas que develan la fractalidad de la misma, “se encuentra alguna frase capaz de sugerir todo el libro”.

Me tomo, entonces, el espacio que queda, para recordar que Alfredo Bryce Echenique relata en el primer tomo de sus “Antimemorias” que, habiendo querido hacer su tesis para obtener el título de Doctor en Letras sobre el autor de un libro que desde París recordaba haber visto cuando niño en el escritorio de su abuelo, adelantó una exhaustiva investigación y posterior disertación sobre Henry de Montherlant (un “cavernario, un canalla y un misógino”, según comentario que le hiciera Vargas Llosa), para darse cuenta años después de que realmente el escritor favorito de su abuelo era Mauricio Maeterlinck y no ese otro.

En una entrevista con la periodista Cecilia Valenzuela sobre ese episodio, dice Bryce que “yo amaba a mi abuelo que había fallecido, y leer los libros que él leía es una forma de revivirlo”. 


Pues bueno: yo conté al principio que la edición de LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES” que volví a leer para escribir este “Proemio”, fue un regalo de mi abuelo materno cuando yo tenía por ahí unos quince años. Yo no la había vuelto a abrir desde ese entonces, a pesar de que la he cargado conmigo en múltiples trasteos.

Ahora, releyéndola, me doy cuenta de que si yo soy como soy –o si veo el mundo tal como lo veo… que viene a ser más o menos lo mismo- en gran medida se debe a que ese libro cayó a mis manos en esa edad cuando todavía está blandito ese barro de que estamos amasados los seres humanos. El mismo que, en palabras de Maeterlinck, hace que “estemos bien en nuestro lugar y en nuestra casa en este universo amasado con substancias desconocidas; pero cuyo pensamiento es, no impenetrable y hostil, sino análogo o conforme al nuestro.”

De ese pensamiento está hecha “LA INTELIGENCIA DE LAS FLORES”.

Gustavo Wilches-Chaux
Lima - Bogotá, Diciembre de 2006




 [1] Daniel Hiernaux-Nicolás. La geografía como metáfora de la libertad. Textos de Eliseo Reclus. Centro de Investigaciones Científicas Tamayo/Plaza y Valdés editores, México, 1999



Todas las fotos que ilustran este artículo fueron tomadas en la Exposición Nacional de Orquídeas que tiene lugar hoy en el Jardín Botánico de Bogotá


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